porBeatriz Alvarez

El remanido latiguillo enarbolado por candidatos y funcionarios “todos hacemos política diariamente” no seduce ni convence a la sociedad argentina, harta de presenciar el desfile de ostentaciones y banalidades que, también diariamente, le muestran muchos representantes de la clase política.

Para la sociedad argentina política y corrupción van de la mano. Es esta una realidad tan evidente para el ciudadano común que cuando le hablan de un representante de cualquier cargo directamente asociado con la tarea política dicen: “se acomodó”.

Para el ciudadano común trabajar en lo que debería ser la ciencia o el arte más noble, la que implica esforzarse cotidianamente para lograr mejores condiciones de vida para sus conciudadanos, está lejos, muy lejos de ser un honor.

¿Es el hombre quien corrompe este arte?, ¿somos los argentinos, “truchos” por naturaleza, quienes corrompemos todo lo que tocamos?. Estas dos preguntas suelen ser respuestas cuando dos argentinos dialogan sobre política.

Es más que evidente que la sociedad no se siente representada por su clase política y a veces cuesta razonar y comprender que esos dirigentes son tan argentinos como cada uno de nosotros y están allí porque nosotros, los ciudadanos comunes, permitimos que ocupen ese lugar. Lo permitimos cuando votamos, lo permitimos cuando, a modo de disculpa y lavándonos las manos, decimos: “a mí la política no me interesa” y luego marchamos a las urnas para votar al que tiene lindos ojos o al carismático o al que me saludó cuando lo crucé en la calle, sin evaluar propuestas, sin averiguar qué hizo para “mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos” antes de ser candidato y comenzar a vender espejitos de colores.

“Si quieres pintar el mundo comienza por pintar tu aldea”. Tal vez preguntando en la aldea de cada uno se pueda recoger información verdadera y, a partir de allí, sacar algunas conclusiones sobre el discurso que, en época de campaña, siempre es florido, sugestivo, elocuente, hasta diría que encantador.

Recuperar la credibilidad perdida no es tarea de uno ni se logra a corto plazo, al contrario, es tarea de todos y llevará el tiempo que necesitemos los argentinos para sacudirnos la modorra, comprometernos con la gesta, exigir, evaluar y premiar a quien haya demostrado ser merecedor del premio.